MARY Y MAX: CUANDO LA SOLEDAD ENCUENTRA A LA SOLEDAD

MARY Y MAX: CUANDO LA SOLEDAD ENCUENTRA A LA SOLEDAD

4.5/5

Hay películas que hablan de la amistad como si fuera algo sencillo: dos personas se conocen, conectan y, después de un par de obstáculos, descubren que se necesitan. Mary y Max no tiene ningún interés en hacer que las cosas sean tan fáciles.

La película de Adam Elliot cuenta la historia de Mary Daisy Dinkle, una niña australiana solitaria, y Max Jerry Horovitz, un hombre de Nueva York mucho mayor que ella, con quien comienza una amistad por correspondencia. La premisa podría parecer extraña —¿qué podrían tener en común una niña y un hombre adulto que viven al otro lado del mundo?—, pero precisamente ahí está uno de los mayores aciertos de la película: ambos encuentran en el otro algo que las personas que los rodean no consiguen ofrecerles.

Soledad.

Y quizá por eso su relación funciona tan bien.

Una de las decisiones narrativas que más me gustaron es que la historia está contada desde una tercera persona. Puede parecer un detalle menor, pero resulta importante porque permite que conozcamos a Mary y a Max sin depender de la percepción subjetiva de uno de ellos. No tenemos que preguntarnos constantemente si estamos viendo la realidad o la interpretación de un personaje. Es casi como librarnos de un narrador no confiable… sí, estoy pensando en ti, Katniss Everdeen.

 

Esto también permite que la película observe a sus personajes con cierta distancia, incluso cuando habla de temas extremadamente personales.

Y vaya que Mary y Max tiene temas difíciles.

La soledad, la ansiedad, la depresión, el suicidio, el aislamiento social y hasta la identidad sexual aparecen a lo largo de la historia. Lo sorprendente es que la película nunca parece interesada en utilizar estos temas únicamente para provocar lástima. Los presenta con sensibilidad, pero también con humor y, sobre todo, con humanidad.

Eso es especialmente importante en el caso de Max.

Su aislamiento no es simplemente el de alguien que no tiene pareja. La película lleva su soledad mucho más lejos. Max nunca ha estado con una mujer, y ese detalle termina diciendo muchísimo sobre la manera en la que ha vivido desconectado de los demás. No se trata solamente de que esté solo: parece que durante gran parte de su vida ni siquiera ha encontrado un espacio donde sentirse comprendido.

Por eso su relación con Mary resulta tan especial.

Ellos ni siquiera pertenecen a la misma generación. Mary comienza la historia siendo una niña mientras Max es un adulto. No comparten edad, país, experiencias ni contexto. Lo que comparten es algo mucho más básico: ambos sienten que están solos en un mundo que no termina de entenderlos.

Y la película encuentra una forma visual preciosa de representar esa diferencia.

Nueva York aparece prácticamente en escala de grises porque así es como Max percibe el mundo. Mary, en cambio, está rodeada de color durante su infancia. No es simplemente una decisión estética bonita —aunque vaya que lo es—, sino una manera de entrar en la cabeza de los personajes sin necesidad de explicarlo todo con palabras.

El mundo de Max es apagado, pesado y repetitivo. El de Mary tiene una energía diferente, incluso cuando su vida tampoco es precisamente feliz.

Conforme ambos se escriben, esas diferencias comienzan a importar menos.

Pero la película tampoco idealiza su amistad.

De hecho, uno de sus aspectos más interesantes es observar cómo Mary, poco a poco, termina convirtiéndose en algo parecido a su propia madre. Y lo hace de una manera bastante incómoda, porque en determinado momento Mary empieza a aprovecharse de la confianza que Max depositó en ella.

Eso hace que su relación sea mucho más compleja.

Mary no es simplemente la niña inocente que llega para salvar a un hombre solitario. También comete errores, toma decisiones egoístas y termina causando daño. Max tampoco es únicamente una víctima de las circunstancias. Ambos tienen responsabilidades dentro de esa relación, y la película permite que sus decisiones tengan consecuencias.

Y en medio de todo este drama aparece uno de mis elementos favoritos: los personajes secundarios.

La vecina de Max, en particular, es espectacular.

Su presencia funciona como un contrapunto cómico perfecto frente a una historia que podría resultar excesivamente pesada. Mary y Max entiende que hablar constantemente de tristeza no necesariamente hace que una película sea más profunda. A veces necesitas una pequeña dosis de absurdo para poder seguir mirando.

Ese equilibrio entre humor y tragedia es probablemente una de las cosas que más distingue a la película.

Porque Mary y Max puede hablar de suicidio y depresión en una escena y hacerte reír en otra sin que ninguna de las dos cosas parezca fuera de lugar.

Y entonces llega el final.

No es un final feliz en el sentido tradicional. Es hermoso precisamente porque también es triste.

Después de todo lo que ocurrió entre ellos, Max finalmente perdona a Mary. Y cuando muere, lo hace sabiendo algo que probablemente nunca creyó posible al principio de la historia: tuvo una amiga.

Una amiga de verdad.

Quizá eso sea lo más devastador de Mary y Max. No necesita decir que la amistad salvó a Max. Tampoco pretende convertir a Mary en una especie de salvadora. Simplemente muestra que, en una vida marcada por la soledad, haber encontrado a una persona que realmente te conociera podía ser suficiente para darle un significado completamente distinto.

Mary y Max es una película sobre personas que no encajan, pero que por casualidad terminan encajando entre ellas.

Y tal vez esa sea la forma más bonita de hablar de la amistad.

Porque a veces no necesitamos encontrar a alguien que se parezca a nosotros.

Solo necesitamos encontrar a alguien que entienda lo que significa sentirse solo.

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