1.5/10
Hay películas cuya recepción crítica termina condicionando inevitablemente la manera en que uno se acerca a ellas. En el camino, de David Pablos, llega precedida por un considerable reconocimiento internacional y por una trayectoria que la colocó entre las producciones mexicanas más destacadas del año. Es, por tanto, una película a la que uno se acerca esperando encontrar algo excepcional.Lo que encontré, sin embargo, fue una película que, pese a sus virtudes formales y a la claridad de su propuesta, me dejó profundamente distante. aquí tu párrafo
La historia sigue a Veneno, un joven que conoce a Muñeco, un trailero con quien emprende un recorrido por el norte de México. El viaje funciona como eje narrativo para introducirnos en un universo atravesado por la sexualidad, la violencia, las drogas, el narcotráfico y la precariedad. Pablos construye así un retrato áspero de personajes que sobreviven en los márgenes, mientras el paisaje mexicano se convierte en una extensión de esa misma sensación de aislamiento.
Formalmente, la película sabe lo que quiere hacer.
La fotografía encuentra belleza en espacios hostiles, la puesta en escena mantiene una crudeza deliberada y las actuaciones buscan evitar la artificialidad. Hay una intención evidente de observar a sus personajes más que juzgarlos, de permitir que sus contradicciones existan sin explicaciones innecesarias.
El problema es que esa misma distancia que pretende convertir a la película en una observación contemplativa terminó siendo, para mí, su mayor obstáculo.
Nunca terminé de sentirme dentro de ella.
Y no porque la historia sea difícil de comprender. Al contrario: sus intenciones son bastante claras. Lo que me cuesta es encontrar una conexión emocional con la forma en que esas intenciones son desarrolladas.
Hay, además, una cuestión que trasciende a la propia película.
Durante años, una parte importante del cine mexicano que consigue mayor visibilidad internacional ha encontrado en la violencia, el narcotráfico, la sexualidad, la marginalidad y la precariedad algunos de sus principales vehículos narrativos. Son realidades indiscutibles del país y sería absurdo pretender eliminarlas de nuestra cinematografía.
Pero una cinematografía también se define por aquello que decide mirar.Y ahí es donde En el camino me provoca cierta frustración.
Porque mientras veía la película pensaba en todo aquello que también constituye la experiencia mexicana y que pocas veces ocupa el centro de este tipo de relatos: la ambición, el trabajo, la amistad, la familia, el humor, las aspiraciones profesionales, la vida cotidiana, el deseo de prosperar o simplemente la búsqueda de una vida distinta.
México no es únicamente el país de sus tragedias.
También es el país de sus contradicciones, de sus pequeñas victorias y de sus personajes que no necesariamente necesitan estar al borde del abismo para tener una historia que contar.
Ahí es donde películas como Joy, Ocean’s 8 o Erin Brockovich me resultan particularmente interesantes como referencia. No porque debamos importar sus fórmulas, sino porque demuestran que un conflicto cinematográfico puede construirse alrededor de la ambición, el trabajo, la inteligencia, la amistad o el deseo de cambiar las circunstancias propias.
Y esas historias también podrían ser profundamente mexicanas.
Por eso mi problema con En el camino no es que muestre violencia, sexo o marginalidad. Es que, dentro de una cinematografía que con frecuencia recurre a estos elementos para hablar de México, la película no consiguió hacerme sentir que estaba descubriendo una mirada suficientemente nueva sobre ellos.
Puedo reconocer sus méritos sin sentirme obligado a conectar con ellos.
La dirección de David Pablos tiene una identidad clara. La fotografía posee una sensibilidad evidente. Las actuaciones sostienen personajes complejos y la película está construida con una intención formal que difícilmente puede calificarse de accidental.
Pero el cine no existe únicamente en aquello que una película pretende decir.
También existe en aquello que consigue provocar en quien la observa.
Y En el camino no consiguió provocarme lo que esperaba.
Quizá ahí radique la diferencia entre reconocer una película y conectar con ella.
Puedo entender por qué ha sido reconocida.
Puedo entender lo que David Pablos intenta construir.
Puedo reconocer el trabajo detrás de sus imágenes.
Y aun así, salir de la sala pensando: esto no era para mí.
Tal vez la conversación más interesante que deja la película no tenga que ver exclusivamente con Veneno y Muñeco, sino con la manera en que seguimos construyendo nuestra propia imagen cinematográfica.
Porque México tiene historias de violencia.
Pero también tiene historias de ambición.
Tiene historias de amor, de amistad, de trabajo, de fracaso, de humor, de talento, de sueños y de personas intentando construir algo para sí mismas.
También existen esas historias.
Y yo quiero verlas.



